lunes, 29 de junio de 2015


No me gustan los regalos, tengo atrofiado el sentido de la propiedad, esto no obedece a un mérito -porque lo considero un mérito- innato, de un espíritu aquilatado, es reactivo. Después del internado, al comenzar a vivir con mi padre, éste me echaba en cara desde la comida que ingería hasta la luz de una bombilla que encendía para leer. Se inició un proceso ético doloroso, propiciado por un pinche tirano mediocre pero muy dañino, al ser tristemente también el progenitor. Mi amigo el vasco me ha descubierto la importancia de la figura del pinche tirano en Castaneda. Yo tengo mis reservas, demasiado dolor, aunque, finalmente, es un consuelo: da un sentido al caos: no envilecerse demasiado.
El sentimiento ambivalente de acarrearme, y hasta el final, esté donde esté, el desprecio que me produce mi incapacidad y el bienestar que me produce mi aislamiento, la sensación recurrente de que me zafo, que no me atrapan, siempre por los pelos.
Mi hija me ha hecho el mejor regalo que he recibido en mi vida, un relato ilustrado por mi cumpleaños. La portada: un sol arriba, un camino de tierra muy clara, de albero o de luz en el medio, con nuestras figuras juntas de cuerpo entero en él, y abajo, también juntos, los retrato de nuestras caras. El titulo: Nuestra vida
Un salto generacional y la reconciliación con los regalos. Con este tipo de regalos.

domingo, 14 de junio de 2015



Del parque:

M. ella y M. él, ambos con perro; y el encuentro, en el parque. Se enlazan, se besan, olor a fluidos gaseosos penetrantes en el parque, untuosos, llamadas sexuales urgentes del reino vegetal, en el aire, que se cuelan por los orificios nasales y llegan al cerebro, llamando... “Nos vamos a tomar un refresco, M.” -porque la inicial de mi nombre también es M.-, me dice él al pasar por mi banco.

Tres, cuatro días, el semblante de él grave, un charco triste de fondo, sin llegar a lago o a mar.

Cinco, seis días; ella, en un banco; él, alejado, en otro. Los observo, no se saludan, cuando por mor de los perros se cruzan.

Siete, ocho días; yo en un banco; ella se aproxima; se sienta. Hablamos de los tiempos que corren, de la corrupción, del tipo ese transformado ahora en hippy que decía a los medios que era un adicto del dinero, que todos lo hacían...

¡Oh, sociedad hedonista!”, era mi queja, a la que ella se sumaba. De repente, una llamada a su móvil:“Sí cariño ¿Cuándo llegas? Te quiero amor. Hasta luego J.” Cuelga, e inmediatamente, mirándome fijamente a los ojos, me espeta: Seríamos tontos por no poner los cuernos” Yo no daba crédito. “No lo creo”, y solté un sermoncillo de los que soy tan afecto.

Pasaron unos días y volvió al parque, se sentó junto a mí en el banco y hablamos de su hijo, que le da problemas, que vive sola con él y que la maltrata. Me contó que estaba separada pero que tiene pareja desde hace cuatro años. Sí, ese pobre llamado J.