jueves, 8 de octubre de 2015

Me gustaría comer sano, no comer carne y cepillarme más a menudo los dientes, pero mi organismo es cuartelero, los bocados sofisticados me saben insustanciales y cuando llueve huelo a perro mojado. No me disgusta. Salvo porque hay que echarme de comer aparte.
He dejado de ir al parque de Seurat, con su gente tan lejana de finales del 19. Por tanto también he dejado de ir a mi parque: ya no lo idealizo.
Me viene a la cabeza un sillón burgués con estampado de Matisse. Qué sería de la difusión cultural sin la burguesía. A esa gente de Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte le debemos que rodearse de un entorno bello se pueda comprar; al menos en los mejores tiempos del capitalismo para con los trabajadores.
Siempre nos quedarán los chinos, ya no hay marcha atrás. Mañana, el ejército rojo.

2 comentarios:

  1. Los chinos son más malos que nosotros.
    Es obvio e indiscutible.
    Por una mera cuestión numérica.

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  2. Puede, los orientales… esa raza cruel. Pero yo me refería a las tiendas de los chinos: como están las cosas se puede comprar un hule con un estampado matissiano por un módico precio y además, mientras se come, narcotizarse por la tinta que utilizaron; porque conviene recordar que vivir es morir lentamente, así que finalmente no deja de ser sino un empujoncito a la vida al estilo mandarín. Estos chinos trabajan mucho pero como les quites el ojo de encima ya los ves tirados en un camastro con una pipa de opio en la boca. Entonces pasan del entorno.

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