domingo, 26 de julio de 2015

Procuro sobrellevar callado, y con miradas a ambas de apoyo mesurado, mi posición en el fuego cruzado entre la abuela y la nieta. Anoche hablé por teléfono con mi amigo el vasco, y entre otras cosas, hablamos de El libro tibetano de los muertos; el estado intermedio entre la muerte y una nueva existencia y los diferentes tránsitos o bardos por los que hay que pasar. Son estados psicológicos o de la mente, encrucijadas que requieren para su resolución de una comprensión, tan formidable como la consciencia de la que dimana, que despeje lo ilusorio. Vidas y vidas pues.
Como me tensa la relación de ambas, lo abordaré como un estado psicológico en el que inevitablemente me veo envuelto, e intentaré no ceder a una liberación de la tensión condescendiente, sino lúcida, sea cual sea esta; prácticas para cuando me vea realmente conmigo mismo y descorra los velos que me han tapado en esta vida, sin cogerlos para enjugar mis lágrimas o sonarme los mocos ¿Aprovecho o no las lecturas y las conversaciones?
El caso es que tomo partido por la abuela, cada una me cuenta lo que está pasando con la otra, puede que la anciana sea obstinada y unas veces, como ella misma reconoce, su cabeza está arriba y otras abajo, pero no pierde el control y no falta el respeto a su nieta; sin embargo, la nieta, sí lo hace; es brusca y la trata en ocasiones como si ya no perteneciese al mundo de los vivos. La expulsa. Quitándole, con esa brusquedad y perdida de control, un aparejo de la silla de ruedas, le dio un viaje en el pie que le ocasionó una inflamación que habría podido evitarse si el trato hubiese sido otro.
Hay un hombre que frecuenta el parque con su perra que ha estado muy enfermo, hospitalizado con unas fiebres altísimas sin que hayan podido diagnosticar la causa; las fiebres cesaron y ahora está ya en su casa, aunque sigue haciéndose pruebas. Es un hombre bueno y me cae bien. Yo le presenté a Divina, y mientras yo hablaba con otra persona, él estuvo hablando con ella. La segunda vez que la vio, le dio la mano y posó la otra en su hombro saludándola; fue más que afectuoso: cariñoso. Me llegó el trato que le dispensaba: empático y con una naturalidad y solidaridad profundas. Están vivos; vivos de verdad.

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