miércoles, 8 de julio de 2015


Calor. Canto de chicharras. Apenas puedo comer; adelgazo.
Muy difícil encontrar un piso con mi presupuesto; en el peor de los casos será un estudio.
Estoy en mi habitación, escucho el canturreo de mi padre fuera, para hacerse notar. Se va del salón, para poner más veneno o jugar al Candy Crush en su ordenador.Y aprovecho para abrir la puerta; que corra un mínimo de aire.
Recuerda que eres mortal”, me dice la habitación con sus grietas, desconchones, emplastes y la pintura ocre de hace años. Lo más moderno, un póster de El gran dictador de Chaplin, con el dictador cruzado de brazos, parapetado tras unos micrófonos, desafiante y con la mirada alienada de un perturbado. Lo deje al ocupar la habitación. Quité otro póster al cabo de un tiempo: La muerte tenía un precio.
Valor y precio, tema recurrente en las conversaciones con mi hija, coincidimos ambos con el punto de vista de Antonio machado.
Hasta que quité el póster, por muchas explicaciones que le daba sobre lo que daba a entender para mí el título de la película, no quedaba satisfecha. Quité el póster, que me agobiaba por otra parte, y cesaron sus inteligentes e interminables pegas.
Ayer, en la calle, un loco, con los ojos cerrados y voz quejumbrosa, se lamentaba: “¡Déjame! ¡Déjame!” Una persona dijo -la temperatura superaba los 40º-: “ Ya está aquí la caló.” El loco dio un respingo, se irguió, apretó los puños y gritó: “¡Ande la caló!” La persona contestó: “Allá arriba.” El loco calló, miró arriba, cerró los ojos y se sumió de nuevo en su dolor, su compañía.
Calor, canto de chicharras. Llevo 5 días sin apenas comer. Hoy me he hecho un gazpacho y un batido de plátanos. No quiero perder mucho peso, para dar mejor imagen cuando tenga que visitar los pisos.

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