lunes, 20 de julio de 2015

Divina Pastora es el nombre de una anciana que frecuenta el parque. Tiene 95 años y la mente lúcida. Lleva un año en silla de ruedas; una mañana, al incorporarse de la cama, uno de sus fémures no pudo soportar el peso de su cuerpo y se rompió por dos sitios. Es originaria de Barcelona, y aunque vino a Sevilla cuando tenía treinta años, todavía mantiene un marcado acento de su tierra natal. Muere con mi perrita, le toca las tetitas: «¡Ay Lola, ¿quieres que te toque las tetitas?» Y cuando Lola la requiere con la patita para que continúe acariciándola, ella exclama: «¡Hay que verlo, hay que verlo!» Yo la llamo Divina y ella me llama mi amigo M.
Divina viene al parque acompañada de su nieta de 41 años, que empuja la silla, y de un perro enorme, un cruce de mastín, de aspecto primitivo, tal como yo imagino al perro de Ulises, Argos. Un perro para las campañas cruentas de cuerpo a cuerpo de los Antiguos.
S., su nieta, vino de Madrid para cuidarla. Antes, Divina, vivía sola. Es una mujer muy enérgica y va aceptando su postración y dependencia. Me ha hablado de su vida, sus padres tenían atracciones e iban de feria en feria por toda España. Dejó de ir al colegio con 15 años. Ya residiendo en Sevilla, con el pequeño horno de la cocina de su casa, comenzó a asar frutos secos, se hizo con un maletín y preparó un muestrario con el que visitaba los diferentes establecimientos de alimentación. Llegó a abastecer a la prestigiosa confitería La Campana y a El Corte Inglés. Conserva un envoltorio de plástico de esa época en su cartera. Frutos secos La Divina.
Hace dos días me contó, casi en confesión, que todo se lo había tragado y que seguía tragándoselo todo. Que nunca había podido desahogarse y hablar. Tampoco con sus hijos ni con sus nietos. Y que esto era malo. Como una olla a presión, le dije yo. Nos interrumpieron, y callamos.

Bueno, por fin encontré un pisito adecuado (250 euros). Lo he señalizado y en agosto firmo el contrato y me piro Sapiro. Nuestra vida.

Me voy al parque, hay españolas jóvenes, maduras y viejas; alguna con marcadas tendencias adulteras; hay dos rusas, hermanas, una muy bella, con una pastora alemana y una bodeguera. Los hombres..., bueno, salvo a tres de ellos, no los frecuento. Son como un ruido blanco pero molesto: coches, fútbol, y leches de ese tipo.

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