domingo, 14 de junio de 2015



Del parque:

M. ella y M. él, ambos con perro; y el encuentro, en el parque. Se enlazan, se besan, olor a fluidos gaseosos penetrantes en el parque, untuosos, llamadas sexuales urgentes del reino vegetal, en el aire, que se cuelan por los orificios nasales y llegan al cerebro, llamando... “Nos vamos a tomar un refresco, M.” -porque la inicial de mi nombre también es M.-, me dice él al pasar por mi banco.

Tres, cuatro días, el semblante de él grave, un charco triste de fondo, sin llegar a lago o a mar.

Cinco, seis días; ella, en un banco; él, alejado, en otro. Los observo, no se saludan, cuando por mor de los perros se cruzan.

Siete, ocho días; yo en un banco; ella se aproxima; se sienta. Hablamos de los tiempos que corren, de la corrupción, del tipo ese transformado ahora en hippy que decía a los medios que era un adicto del dinero, que todos lo hacían...

¡Oh, sociedad hedonista!”, era mi queja, a la que ella se sumaba. De repente, una llamada a su móvil:“Sí cariño ¿Cuándo llegas? Te quiero amor. Hasta luego J.” Cuelga, e inmediatamente, mirándome fijamente a los ojos, me espeta: Seríamos tontos por no poner los cuernos” Yo no daba crédito. “No lo creo”, y solté un sermoncillo de los que soy tan afecto.

Pasaron unos días y volvió al parque, se sentó junto a mí en el banco y hablamos de su hijo, que le da problemas, que vive sola con él y que la maltrata. Me contó que estaba separada pero que tiene pareja desde hace cuatro años. Sí, ese pobre llamado J.

2 comentarios:

  1. ...y como yeims estúart era blanco, no le escuchó con el corazón, sino con el diccionario.

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  2. Tal como están los corazones, mejor que sus propietarios sigan con el diccionario, con la sobrevalorada convención del comunicar con palabras; seguirá siendo un mal menor.

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