miércoles, 18 de marzo de 2015

Íntimamente, desde que recuerdo, he tenido la convicción de que el fracaso in extenso, la verdad que aporta el dolor en su pluralidad, era la escuela esencial para el ser humano, y de que el éxito musculaba parte de él, la parte menos esencial, la que debía regar menos, aun manteniéndola por mero didactismo contrastivo. Hubiese, por ejemplo, preferido tener una charla con el Saddam Hussein del yo reducido, reducido él, que con el que enarbolaba la escopeta árabe. Fue valiente al final, con la soga al cuello, abroncando a esos testigos presenciales del ahorcamiento, que grabaron su ejecución y le insultaron mientras se llevaba a cabo; un poco más de dolor no les vendría mal a esos hijos de puta, para erradicar la crueldad en su existencia para con otro hijo de puta. Creo que el dolor, si no se sabe asimilar, genera personas dañinas, pero si se sabe asimilar, estas personas son la compañía de charla idónea de una mesa camilla. Lo menos es más.

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