miércoles, 14 de enero de 2015

Reus es mortis

Ando conociéndome a mi mismo, tratando de comprender conceptos psicológicos como el ello, el yo, el superyó; arquetipos de toda índole: el self, la sombra, etc.; mecanismos defensivos, adaptativos, procesos y otros aspectos psicológicos como el ánima y el ánimus
Lo mismo merodeo por el arquetipo materno de una vecina, una mora gorda –mi anima oronda; simpatía mutua a primera vista, sonrisas y todo eso-, que me proyecto paternalmente con una joven ciega, profesora de piano, convirtiéndome en sus ojos –de hecho, complemento a su perra guía,
describiéndole, como si lo hubiese hecho toda la vida, el pequeño mundo del parque-. El deseo apolíneo de ser sus ojos.
También hay espacio para las pulsiones pero con este yo mío las tengo a raya, negocio con el superyó pero no me deja. Sé, asimismo, que tras un pensamiento positivo viene el complementario negativo y tengo que encajar ambos trascendiendo los opuestos para alcanzar un self con el que pueda mirarme al espejo. Integrar.
Ahora que estoy sólo podría meter la cola donde me dejasen; pero, para eso, necesitaría beber. Años antes, emparejado, bebía para sentir el clic pero no para follar.
Converso con una mujer con perrito muy deseable pero no sé si podría amarla. O pulsión o intimidad, pasión y compromiso: amor con letras grandes. El término medio sería echar un polvo y ver como va la cosa pero nunca he sabido hacerlo, creo que se empieza invitando al objetivo a un café pero esto excede mi capacidad estratégica.
Y lo de Dios y la Virgen…, la búsqueda -a mi edad, sí- del padre y la madre, sigo en ello, en las horas bajas me lo pide el cuerpo pero ahora con todo este embrollo psicológico en el que me he metido – porque mejor es esto que matar una gaviota por aburrimiento- me es cada vez más difícil entrar en este tipo de desgarro. No obstante, hace unas horas, después de mirar por la ventana de una iglesia y ver al Crucificado, al fondo, tenebrosamente iluminado, muerto ya, me topé con un libro, el primero que vi de los expuestos en una mesa en la acera, El Vía Crucis de todos los hombres, y no pude dejar pasar esta Sincronicidad jungiana por un euro. Además el padre Cue ya en la primera página habla de Kafka y aún estoy enredado en sus diarios. Otra Sincronicidad. Bonus.
Iba a hablar de la introyección como mecanismo de defensa inmaduro, de la conveniencia de la elección de la supresión en lugar de la represión, del universo lacaniano de la complejidad del Otro en la constitución del ego del sujeto, la pulsión invocante y el apotegma: El deseo es el deseo del Otro; pero hay un gigante que se hace pasar por molino -aunque a mi no me la da- al que tengo que dar muerte por facineroso en cuanto me desate la camisa de fuerza.

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