miércoles, 28 de enero de 2015

Prohíben en Arabia Saudita el uso del columpio a las mujeres. La decisión fue tomada por el gobierno tras considerar que el balanceo de ese juego puede "alentar" a los hombres a acosarlas.




En el parque. Tres jovencitos estudiantes con mochilas -dos de ellos con aspecto de jóvenes escritores del siglo XIX pero con la barba más arreglada- hablando de mujeres en los columpios. Uno, un Chejov redivivo, parecía un gran conocedor del mundo femenino, y se empleaba a fondo, jactándose ante los otros de la experiencia acumulada. El chejovito contaba, con aires de superioridad, cómo se había follado a una tía en la playa, cómo la presionó porque se hacía la tonta, y cómo, por eso, por tonta, le echo no uno, sino tres polvos y la dejó tirada en la arena. Yo no daba crédito, máxime porque cerca de ellos, en un banco, una chica absorta en su móvil se estaría, no podía ser de otra manera, enterando de todo. Ya se estaba calentando el pequeño Strindberg, una vez que hubo afianzado su posición de casanova en la cúspide de la pirámide trófica con el relato previo, y comenzó a dar consejos a los monitos omega; una perla: “Al conocer a una tía, estudia sus puntos débiles, síguele la bola y al final te la follas.” Sin duda era lector de Marcel Proust, el cual dijo que llevar a una mujer a la cama era muy probable, de conseguir llegar a las tres de la madrugada halagando su vanidad; qué decimonónico nuestro mocito columpiándose. Pero se superó a sí mismo y cerró con un broche de oro sus enseñanzas viriles: “No hay cosa que las joda más que despreciarlas sacando la pistola y corriéndote en su cara, y ahí te quedas.” Pero eso es maldad, dijo uno que probablemente necesitaba refuerzo. Y vino el refuerzo: “Hay que tener maldad en esta vida, si no, no consigues nada.”

La chica del banco se puso en camino con la cabeza agachada, no sé si por vergüenza,  porque seguía mirando el móvil que tenía en sus manos mientras caminaba. Pasó a mi lado y yo quise cruzar mi mirada con la suya para ver que opinaba, pero no me miró. 

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