domingo, 18 de enero de 2015

En el parque. El libro, el cuaderno y el rotulador de punta fina, pertrechos de viaje interior pequeñito en el mini invernadero de la bolsa de plástico, para que prospere y lleve mi sangre del corazón a los pulmones, porque el otro recorrido, el que circula por todo el cuerpo para retornar al corazón no está a mi alcance.
Pero veo a dos personas que me caen bien, y por educación, en lugar de sentarme en mi banco predilecto, apartado y soleado, flanqueado  por la perrita, la leal Lolina, de la estirpe de Boatswain, el perro de Byron.*, voy a su encuentro, a charlar de perros. Pero he aquí que se aproxima una persona que no es de mi agrado con un perro que tampoco lo es y aprovecho discretamente para escabullirme, como el psicópata de El silencio de los corderos cuando la detective Clarice entró en su casa, el angelito ese que se confeccionaba un vestido de piel humana. Criatura perdida… Así que por disimular y no ofender me siento en el banco más cercano y me lío un cigarrillo. En estas estoy cuando giro la cabeza y en un banco situado atrás mía veo a la cieguita. Ya ni ofender ni pollas en vinagre, fui para allá encantado de la conversación que me esperaba. La saludé, tiene los ojos claros y los mueve mucho, es invidente total y todos los poros de la piel de su rostro están abiertos para reconocer el exterior. La apertura es tal que no se puede describir. Estaba sola y la invite a venir a la pequeña rotonda central del parque donde estaba el núcleo duro de los parroquianos de cháchara, describiéndole los perros y sus amos, en este orden. Me pidió que la llevase y le ofrecí mi brazo. Qué bien me sentí. Llegamos al banco donde me lié el cigarrillo, y nos sentamos. Me encanta describirle todo. Lola se sitúa entre los dos encima del banco y mientras hablamos ambos la acariciamos; yo no lo hago cuando ella lo hace porque ella no lo ve, y por pudor, por no rozar sus manos. En el transcurso de la charla saqué a colación mi edad, 53 años, M. tendrá unos 28 años, para que no hubiese equívocos dada la “lozanía” de mi voz. Me encanta su compañía. Su mirada. Ambas, la externa y la interna. La combinación de la ceguera y la música en ella me imanta. No es capricho, son los interiores. Su perra, Mena, tendrá que jubilarse en poco tiempo y será reemplazada por otro perro guía pero ella, a pesar de vivir en un piso, vive con su madre, afrontará lealmente hacerse cargo de los dos animales. Al llegar la hora de despedirnos volví a orientarla a la salida del parque que le convenía, esta vez para guiarla la así con mi mano de uno de sus brazos.
Cuando lleguemos al camino me puedes soltar, dijo; todo recto - la solté-, hasta luego M.; hasta luego, dijo.
No la veré hasta el próximo fin de semana, porque mañana llueve.


 * Cerca de este lugar reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad, y todas las virtudes del hombre sin sus vicios. Este elogio, que constituiría una absurda lisonja si estuviera escrito sobre cenizas humanas, no es más que un justo tributo a la memoria de Boatswain…”

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