domingo, 22 de septiembre de 2013



Ya está, se acabó el tiempo que nos dimos, no porque hubiese una fecha, sino porque la manzana tenía que caer del árbol. Se acabó.

sábado, 21 de septiembre de 2013



Si todo fuera más sencillo… pero un árbol tras el árbol que miramos; la apariencia de las cosas. Pasé ayer por las murallas de la Macarena, cantos rodados y arena visibles, puse mi mano en la muralla, la arena se desprendía, con una caricia tenue la muralla se derruía ¿De qué es símbolo la muralla? (¿De qué es símbolo el hombre?, se preguntaba  Kertész). Y con utilitarismo reduccionista, me pregunto: ¿De qué es símbolo la mujer? No sé la respuesta, si me pongo sesudo tal vez arranque algo pero no me interesa; lo que me interesa es la conmoción de la pregunta retórica resonando en el aire.
Apariencia, profundidad y, finalmente, símbolo: es lo que busco en la mujer; y la espero. No me conformo con la apariencia, la profundidad o el símbolo por separado: lo quiero todo, quiero la mujer en mis tres anhelos. Espero a V. y V. es como una fuga musical, y yo, casi siempre, desolado.


He regresado del parque, al lado, en un recinto deportivo, un grupo tocaba Knockin on heavens door. Llamando a la puerta del cielo. No abren.

martes, 17 de septiembre de 2013

jueves, 12 de septiembre de 2013



16 de diciembre. No volveré a abandonar este diario. debo mantenerme aferrado a él, porque no puedo mantenerme aferrado a otra cosa. Me gustaría explicar el sentimiento de felicidad que, de vez en cuando, siento en mi interior, como ahora, precisamente. Es en verdad algo efervescente, que me llena del todo con un ligero y agradable estremecimiento y me convence de que tengo unas aptitudes de cuya inexistencia puedo convencerme en cualquier instante, también ahora, con toda seguridad.



27 de diciembre. Mi fuerza no da ya para una frase más. Sí, si se tratara de palabras, si bastase colocar una palabra y pudiera uno apartarse con la tranquila conciencia de haberla llenado totalmente de uno mismo.



Franz Kafka, Diarios

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Haría teatro, o iría al teatro, por ver, estar cerca, de la actriz que he visto en la tele, la Medea, con los senos al aire y el paño que le cubre el sexo. Cuando empecé en lo del teatro soñaba con dar un beso en los labios a una actriz, algún día, como personaje, y ensayar la escena. La entrega, por mi exigencia del estar interpretando, era posible; podía descubrirme ante una mujer. Con un personaje se puede estar, y de vuelta al ser que a veces está y a veces no.

¡Cuánto deseo a una mujer! De ocurrir, ¿cuánto me entregaría?

lunes, 9 de septiembre de 2013

domingo, 8 de septiembre de 2013


Tristeza. Estoy en el parque con la perra, sobre la hierba, quiero desagobiarme con unas letras y me veo hablando con un japonés con gorrito de explorador de desiertos que corre de manera divertida junto a su perro, sujeto por la correa, a intervalos -deduzco que regulares, por su condicionamiento ¿cultural? de raza-, aunque debido a mi percepción del tiempo no podría asegurarlo. Si llego a estar de pie nos hubiésemos hecho al menos dos reverencias, en ellos y en mí es natural, yo siempre las hago al saludar, en ocasiones me llevo la mano al pecho dando un toque árabe al saludo.
Acabo de charlar con los dueños de dos perros, un chihuahua de pelo largo y un dálmata de ojos tristones, salió la tristeza. El dueño del dálmata, un joven de apenas veinte años, es muy majo, bondadoso y sensible; la dueña del chihuahua, de treinta y pocos años, es de trato agradable, de piel muy blanca, pelo corto, moreno, pechos medianos tirando a grandes y piernas torneadas. Un cuerpo de la añorada y rotunda femineidad donde buscar equilibrio y paz en la complementariedad.
Escucho el sonido de las hojas de los árboles, un poco más allá los toldos de un edificio se agitan también mecidos por el aire. Tengo en la mente el ruido poderoso de la vela de un barco, izada pero no aparejada, batida por el viento.

Escuchar, escuchar y callar. 
Vivo, como unidad biológica que consume y repone energía, vivo; la unidad biológica, encarnizadamente, vive. No había antes, no habrá después y, en medio, arrastrado el huevo fecundado, la vida; una especie, una raza: la humana, así que un nombre, una cultura para el feto. Y, luego, yo, una unidad biológica con yo. Culpable, siempre, desde que recuerdo: ¿por vivir, por gastar más energía que la que aporto, al planeta, al universo, o a cualquier universo paralelo o de posibilidad teórica?: por construir mi identidad a pesar de todo.