viernes, 4 de octubre de 2013

Compré un rotulador de punta fina y un cuaderno pautado en un chino, apenas pude escribir dos páginas con él cuando dejó de escribir. Espero que el cuaderno no se convierta en polvo mientras escribo estas líneas con mi nuevo rotulador comprado en una papelería.
He establecido una amistad con A., una mama del cole de mi hija que espera a sus dos hijas en la misma parada del autobús en la que espero yo a la mía. A. es francesa, psicóloga infantil en excedencia (funcionaria en su país) y viene a la parada acompañada de su otro hijo, a veces en carrito a veces en bici, un bebe varón de año y medio. Con A. he hablado de lo mío, ella me vio mal y ha sido un gran consuelo poder hacerlo. Ayer me decía que qué pasa con las mujeres, pues a partir de los 40 años entran en crisis. Yo, que cuando estoy bien soy dado a la pantomima, mime a una cuarentona suplicando al cielo unos años más de juventud y belleza. Ella se reía, muchísimo, y me dijo que sólo le faltaban 5 años para caer en este estado, pues convenía conmigo que no era otra cosa que el miedo a envejecer. Me callé, pero estoy seguro que a ella no le pasará.
Ser mujer, ser deseada tempranamente e ir perdiendo los atributos con el tiempo…
A. posee una identidad sólida y belleza exterior. Pero lo que más me gusta de ella es su belleza interior.
V. al igual que A. tiene ambas bellezas, pero su punto débil es la identidad, aunque ahora con todo esto ha hecho enormes progresos en esta dirección. Ahora que hemos clarificado las cosas estoy mejor –vuelvo a hacer pantomimas, soy muy payaso, a mi hija le encantan- pero cada vez que veo a V. flaqueo y tengo que ocultar cuánto la amo, lo que la echo en falta y lo difícil que es para mí vivir sin estar junto a ella. Ayer decliné una invitación a su casa. Cuando he ido sufro, pues este hombre va por allí, toallas nuevas, ropa tendida nueva: bragas caras, picardías sexys; muchos zapatos de taconazo nuevos… en fin, los atavíos de la superwoman. Cuando algún día pueda ser el “visitante”, sin sufrir, iré por allí si me invita. Mi pequeña me dice cuando las he visitado en su casa: “Papa, esta es tu casa”. O bien aquí, en casa de mi padre: “Cuando papa vuelva a la casa tendrá 4 mujeres y va a estar muy contento: Lola, la perrita; Dorada, la tortuga; mama y yo”.
Cuando coincidimos V. y yo con la pequeña sufro al ver lo feliz que es cuando nos sujeta a ambos por las manos y ella, en medio, se siente amada y protegida.

V. es la mujer de mi vida pero está enamorada y yo he pasado a la historia. Lo voy aceptando.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario