domingo, 8 de septiembre de 2013


Tristeza. Estoy en el parque con la perra, sobre la hierba, quiero desagobiarme con unas letras y me veo hablando con un japonés con gorrito de explorador de desiertos que corre de manera divertida junto a su perro, sujeto por la correa, a intervalos -deduzco que regulares, por su condicionamiento ¿cultural? de raza-, aunque debido a mi percepción del tiempo no podría asegurarlo. Si llego a estar de pie nos hubiésemos hecho al menos dos reverencias, en ellos y en mí es natural, yo siempre las hago al saludar, en ocasiones me llevo la mano al pecho dando un toque árabe al saludo.
Acabo de charlar con los dueños de dos perros, un chihuahua de pelo largo y un dálmata de ojos tristones, salió la tristeza. El dueño del dálmata, un joven de apenas veinte años, es muy majo, bondadoso y sensible; la dueña del chihuahua, de treinta y pocos años, es de trato agradable, de piel muy blanca, pelo corto, moreno, pechos medianos tirando a grandes y piernas torneadas. Un cuerpo de la añorada y rotunda femineidad donde buscar equilibrio y paz en la complementariedad.
Escucho el sonido de las hojas de los árboles, un poco más allá los toldos de un edificio se agitan también mecidos por el aire. Tengo en la mente el ruido poderoso de la vela de un barco, izada pero no aparejada, batida por el viento.

Escuchar, escuchar y callar. 

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