lunes, 8 de julio de 2013

Amor

Tiendo al misticismo desde niño. De joven, en los 80, lo ocultaba; mis amigos me consideraban un moralista, era suficiente: los prejuicios y la comprensión social peyorativa de este estado me han mantenido agazapado desde entonces.

Un hombre que no cree en Dios, que llama Dios al sentido ético sublimado en espiritualidad, pero que cuenta con una relativa propensión mística natural para acceder donde la racionalidad y el mundo sensorial no le llegan: (este subjetivismo mío me separa por igual de los escépticos como de los creyentes en sus diversas modalidades).

Y unas veces tiene fe en su construcción y otras no. Pero nunca la pierde en la que no depende de nadie y, tal vez, de nada.

Sin embargo, hoy domingo, he ido a misa. Necesitaba un lugar de recogimiento y un banco de madera donde desplomar mi humanidad.

Es como si Munch decidiera desplomar su naturaleza muerta en el banco de una iglesia

"Y quien ha esperado lo suficiente, esperará eternamente, pues transcurrido un tiempo determinado ya nada puede ocurrir, nadie puede venir, y no queda nada salvo la inútil espera. Tal vez sea éste precisamente su caso"
Beckett (Malone muere) Lo cita Kertész en Diario de la galera.

Cerca de 40 años hacía que no iba a misa, hubiese preferido una iglesia protestante, por la sobriedad; no obstante, esta parroquia de San José Obrero no estaba muy recargada. Debido a los colegios de curas, y a vivir en la tierra de María Santísima, estoy familiarizado con las imágenes religiosas. La que mueve más en mí, la del Cristo crucificado.

Durante todo el oficio religioso tuve los ojos anegados en lágrimas, pero no las deje manar libremente, por discreción. Nadie se dio cuenta. El evangelio ha sido enjundioso y de gran ayuda (Lucas 10, 1-12.17-20). Recordaba réplicas al sacerdote que ignoraba que sabía y tras un momento de titubeo me acerque a una señora que estaba en el otro extremo del banco que compartíamos y le estreche la mano, deseándonos la paz. La paz sea contigo, se dice.

Después, más tarde, tomando un refresco, mi padre entabló conversación con una camarera. Estaba divorciada desde hacía 4 años, tenía dos hijos, su ex la adoraba (fueron sus palabras), ella lo quería muchísimo pero ya no estaba enamorada de él, volvieron a juntarse pero... nada. Infructuosamente; volvieron a separarse. Repitió que sin estar enamorada, a pesar de que lo quería muchísimo, no era posible la continuidad de su relación. Me vi reflejado.

En la misa, por fin acatamiento: Hágase la voluntad del Señor. Y en el bar, desenmascaramiento de la ilusión. Mi ilusión. Dos mensajes ¿Tengo oídos, o no?

El comienzo del olvido, no sentir para no estar y no pensar para no recordar que se está.



3 comentarios:

  1. Tenía yo edades párvulas y ya tiraba de la manga de mi madre con irritante insistencia desde el primer minuto, nada más entrar en la santa iglesia. Mi vieja, harta ya de mí y enfadada no me daba un bofetón allí mismo porque en aquel lugar las hostias eran cosa de otra casta, de varones cantarines y enfaldados.
    Nunca cupimos dios y un servidor en el mismo pueblo, forastero. Uno de los dos está de más aquí, le decía yo con el pensamiento puesto en las huellas dactilares, en los dedos, en los mocos, las legañas y en los palos de regaliz, que sabían a tierra, a mundo y a universo más que ninguna otra cosa, como ya habré dicho otras veces seguramente.
    El milagro de la vida es que no hay milagro. Cuando mojo un cacho de pan en la mayonesa pienso en la mayonesa. Si prefiriese maravillarme con la energía eléctrica, la bobina de cobre y la velocidad de rotación de las aspas que se dieron cita en la minipimer, mis sentidos, mis percepciones de la vida, pasarían por alto la bondad de la propia mayonesa.
    Pero, bueno, esto es así desde que hay recuerdos: casi nadie entiende a casi nadie.

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  2. Cierto, casi nadie entiende a nadie pero porque cada cual establece sus propios vínculos con la vida. Para unos, el milagro de la vida sé manifiesta en la bobina de cobre, si sobra algo de la vida es siempre vida, si falta algo es sensibilidad para apreciarlo. Y eso es lo maravilloso. Por estas tierras aún se venden palos de regaliz y no me diga que su viaje por el universo no fue un milagro.

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  3. Yo soy de la opinión de que la curiosidad que ha llevado al hombre a construir las miniprimer es un instinto tan primario como el que nos hace disfrutar de la mayonesa. Es la curiosidad por el conocimiento, y se ha desarrollado a lo largo de la evolución porque nos impulsaba a encontrar nuevos sitios, nuevas técnicas y nuevas herramientas, y de ahí a la miniprimer.

    Por cierto, en vikingo existe una palabra, "videbegærlighed", que significa literalmente afán de conocimiento. Curiosidad en general, que puede incluir cotilleo, es "nysgerrighed", y pierde el matiz.

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