domingo, 19 de febrero de 2012

Esto de que a los bailarines les de por las pesas: adiós gracilidad, bienvenida pesadez; este culto al cuerpo, al baile atlético, cuándo acabará. El espíritu ha abandonado su casa, no la reconoce, el baile del primate superior ha vuelto, se ha refugiado en los cuerpos que habitan en la sabana donde sobrevive. Sobrevivir, el sentido de la vida. Volverá, a otros cuerpos, a otros ámbitos humanos. Yo no lo veré.

5 comentarios:

  1. Ya sólo falta que las bailarinas se pongan cachas, y pierdan ese punto óptimo entre la feminidad pero cierta vacuidad de las modelos (las que están buenas, las palo ni las considero), y la aptitud biológica pero cierta masculinidad de las deportistas. ¡Sólo faltaría que las bellas y aptas bailarinas se pusieran cachas también! ¡Que se rompiera el equilibrio! No, no...

    Lo de los bailarines.. bueno.. a mí siempre me han parecido raros, gráciles o no. En concreto, de pequeño me saltaba la alarma subconsciente cuando veía al cascanueces menear el paquetón entre tanta cisne de cucú bajo el tutú.

    Walrus.

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  2. Ah... y lo de que se llamara cascanueces, cuando se dedicaba a mover las piernas en el aire con el paquete en medio... una especie de ironía grotesca que me generaba dolores psicosomáticos.

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  3. Cuando estudiaba teatrillo, la profesora de danza contemporánea se estiraba, se meneaba, se arrastraba a un palmo de mí, Surlaw, ¡a un palmo! Y yo estirándome, meneándome, arrastrándome y, según la posición, ¡a un palmo, Surlaw, a un palmo de su bendita línea de la concepción! No hay lectura, ni culturalidad semejante, capaz de conmocionar a un joven como lo hizo esta experiencia. Ya lo dijo Santa Teresa: “Mirad que entre los pucheros y las ollas anda Dios.”

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  4. ...tan así, que un día sin darme cuenta me lo freí con un par de huevos.

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  5. Ya forma parte de usted señor Blas, ya forma parte de usted... je je.

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