miércoles, 18 de enero de 2012


Estábamos todas enamoradas de ti. -Eran tres, qué feliz me hicieron-. Sonreí. ¡Ahora no!, exclamó una. Sería la prótesis descolgada o el estado lamentable en el que me encontraba pero esos seis ojos reflejaban espanto. Eso me causó otro tipo de felicidad, la felicidad del que mira a la Medusa a los ojos y no se convierte en piedra. Arrojado del Paraíso -de ese bar tan acogedor, con sus mujeres y todo- pero me llevaba la manzana, estaba exultante. Antes era muy comprensivo conmigo mismo, si hubiese habido un trocito de luna hubiese mugido. La calle. Uno se abrazaba a las farolas porque era hipersensible a la rotación de la tierra, pero con los árboles era diferente, están vivos y son muy comprensivos. Lo inefable.

¿Quiénes eran? ¿Cuándo se enamoraron? ¿Qué edad tendría yo? ¿Quién era yo?



Señor Blas, me es imposible acceder a los comentarios, le contesto aquí: Inescrutables. Si tuviesen los ojos de Peter Lorre, grandes, redondos y saltones, otro gallo cantaría.



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