domingo, 29 de mayo de 2011

Al ordenador le falta la tecla ese, pero hay un pivotito, y si lo pulso sale; la letra no se ha ido, sigue estando ahí y le he llegado a coger cariño al pivotito. Ahora que se ha desprendido de su cuerpo es más ese que nunca para mí, es un pequeño milagro cuando aparece en la pantalla como la hija prodiga o la oveja extraviada y hallada.

Miradla:

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sábado, 7 de mayo de 2011

También de vez en cuando estudiando teatro hacía novillos. Yo era un joven muy reprimido -y quizá por ello altamente contemplativo- y cerca de la escuela se encontraba la yeguada militar. Ahí se prodigaba un naturalismo que no enseñaban en la escuela. Cuando hacía aparición la yegua, excitada, sudada, estremecida, comenzaba la clase magistral; la tensión sexual iba in crescendo al hacer su aparición el semental resoplando, y era olfatear a hembra receptiva, que la verga en un instante desplegaba todo su erecto esplendor. Entonces, el mamporrero, con gran esfuerzo, lograba introducir el enorme miembro en la vulva mojada. Yo tomaba nota. Recuerdo que en un ejercicio, en una escena de Eugene O’Neill, me valí de esta experiencia y de otra en la que siendo menor de edad visité con mi padre y sus amigos una sala de fiestas de espectáculo porno y prostitutas, llegando a bailar con una de ellas, para interpretar el rol de un adolescente departiendo con una puta en un burdel. El profesor encomió mi trabajo pero no así el de la chica que hacía de prostituta. No estuvo a la altura, dijo. Pero en mi fuero interno yo sabía que yo tampoco lo había estado: no había empalmado. Conseguí el candor y la pureza del adolescente pero no la erección incontenible que era el naturalismo al que yo aspiraba. A veces pienso que si la chica y yo nos hubiésemos preparado juntos en la yeguada, mi represión se habría aliviado en aquél lúbrico lugar en el trabajo previo y habríamos hecho una escena memorable sobre el escenario.