domingo, 27 de junio de 2010



Hay una expresión que aun aceptándola como lícita me causa repulsión: Estilo de vida.
Se rodea uno de los objetos que puede pagar y que la sociedad de consumo dispensa con profusión y la vida ya tiene un estilo. Me es difícil emplear esta expresión hablando de los masais o de los pastores de la trashumancia, estilo me sugiere algo de esteta territorial, de rol social diferenciador, y aunado con vida me sugiere impostura.


Se acabaron los fajadores, ahora todos quieren dar hostias. Cómo se pueden dar hostias si no se reciben a mansalva previamente. Dar hostias sin causa es de una violencia cruel.
Se dice que Paulino Uzcudun le pegó tal puñetazo a un burro, que introdujo el puño en su interior atravesando las costillas. Paulino era un fajador y sus hostias eran de líbreme Dios de las aguas mansas.
Iñaki Perurena ha sido el mejor levantador de piedras, fue carnicero de profesión y tiene, a mi gusto, carta blanca para dar hostias porque es poeta (bertsolari vamos).
Se podrá pensar que justifico la violencia. Inexacto: justifico las coces de las aguas mansas.

martes, 15 de junio de 2010



No es cosa fácil, discriminar el prejuicio de la intuición. Si el conocimiento intuitivo –que yo entiendo positivo- se alimenta sin rubor con la boca abierta, el prejuicio –que entiendo negativo- debería poner colorado, en cuanto abriese la boca para comer, al conocimiento racional.

De amañar la balanza, coincidiría el peso estimado con el real. El peso del alma se estima en 21 gramos, la altura de Dios en 1´83. Pesos y medidas, ¿quién da más en esta vida? Y además, una estimación, en esta vida, deviene sin esfuerzo en certeza. ¿Quién da más?
Probablemente, en esta vida, El tercer hombre.


Donde van los corazones más pesados que una pluma, voy derechito yo.

martes, 8 de junio de 2010

Me encantan las coreografías de Bob Fosse. Viendo el video se me va la mente, veo a Toulouse Lautrec, a Karl Valentin, a Jacques Tati, a Fellini… Y a mí, bailando.




Y claro, cómo no, el gran Marvin Gaye para inflarme los pulmones del alma.

miércoles, 2 de junio de 2010


Acabo de ver Vania en la calle 42 de Louis Malle. Chejov. La he visto mal; empezada, con interrupciones continuas por motivos domésticos y con la sensación inquietante, por todo esto, de que es el Tío Vania difuso, por cabal, que merezco ver.
Me explico: pensaba en mí, en un principio, como en un hombre agradecido por el privilegio de presenciar. Estar y presenciar, y, gracias a Chejov, en bandeja de plata. Pero a medida que perdía imágenes y subtítulos, un sentimiento de frustración me embargaba. No se puede matar al mar – ni lo pretendiera -, y en cuanto al mensaje en la botella, qué puedo decir si la analogía con mi vida estaba escrita en él.
Pediría a la vida lo que me dio, lo que el Tío Vania ofrece: enseñar deleitando; me pediría a mí lo que perdí: aprender, y a ser posible como antes, sin merma de lo lúdico. La vida, como Chejov, es una dramaturga sabia, y como a él - tengo la intuición - le exasperan las puestas en escena que falsean, que hacen hincapié en el drama cuando la concepción dramatúrgica del autor se inclina sutilmente por la comedia.

Lo bueno: estamos en el mismo barco: los malos espectadores, los malos actores y los personajes logrados.
Lo malo: lo que al Buda perturbaba: enfermedad, vejez y muerte.