miércoles, 4 de agosto de 2010



Tiempos de silencio, de escuchar el Wish you were here sordo. Y ciego, ma non troppo ratoncillos de cálido laboratorio (importante haber leído al Santos). Yo siempre he confiado en las baladas. Las hay para todos los gustos. Incluso el mío, de paladar de plástico, tecnología al poder. Hubo un tiempo de esperanza, supongo. Nombre y graduación, esa es mi tortura. Pero la tortura nunca acaba y podría, si me aprietan, apretar las clavijas a un ratoncillo: soy tremendo cuando canto y peor cuando bailo.
Deseo, me pueden sacar todo.

3 comentarios:

  1. ¿Leer a Losantos? Oiga, tampoco se pase.

    Las baladas están bien si se tiene novia, se está en proceso de tenerla, o alguna cosa de esas.

    ResponderEliminar
  2. Ejem... Sr. Morsa, creo que nuestro amigo no se refería a Losantos, sino a Simon Templar.
    (o quizás a Rodolfo Guzmán Huerta)
    (No pasa nada, todos nos equivocamos)


    Sr. Opal: apretar a un ratoncillo es lucha innoble por desigual: apriétele las clavijas a un contrabajo de su tamaño si se atreve, hombre, por dios.

    ResponderEliminar
  3. El ratoncillo soy yo, escindido, desdoblado, transferido, proyectado, agilipollado, dando mordisquitos a unos pechos de arrabal como en la novela del Santos, cantando cri cri cri, bailando y llevando el compás con el rabo señor Surlaw.
    Lutier especialista en clave de entrepierna de contrabajos sería -si fuera posible que un ratoncillo lo fuera señor Blas-.

    ResponderEliminar