miércoles, 2 de junio de 2010


Acabo de ver Vania en la calle 42 de Louis Malle. Chejov. La he visto mal; empezada, con interrupciones continuas por motivos domésticos y con la sensación inquietante, por todo esto, de que es el Tío Vania difuso, por cabal, que merezco ver.
Me explico: pensaba en mí, en un principio, como en un hombre agradecido por el privilegio de presenciar. Estar y presenciar, y, gracias a Chejov, en bandeja de plata. Pero a medida que perdía imágenes y subtítulos, un sentimiento de frustración me embargaba. No se puede matar al mar – ni lo pretendiera -, y en cuanto al mensaje en la botella, qué puedo decir si la analogía con mi vida estaba escrita en él.
Pediría a la vida lo que me dio, lo que el Tío Vania ofrece: enseñar deleitando; me pediría a mí lo que perdí: aprender, y a ser posible como antes, sin merma de lo lúdico. La vida, como Chejov, es una dramaturga sabia, y como a él - tengo la intuición - le exasperan las puestas en escena que falsean, que hacen hincapié en el drama cuando la concepción dramatúrgica del autor se inclina sutilmente por la comedia.

Lo bueno: estamos en el mismo barco: los malos espectadores, los malos actores y los personajes logrados.
Lo malo: lo que al Buda perturbaba: enfermedad, vejez y muerte.

2 comentarios:

  1. La enfermedad es como un precalentamiento.
    (Y huele un poco)
    La vejez es como el ensayo general.
    (Y huele bastante)
    Y la muerte es como la gran performance.
    (Y apesta del todo)
    (Es el fallo que les veo)

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  2. Si es que somos todos unos tiquismiquis; el Siddharta y Ziri incluidos.

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