lunes, 31 de mayo de 2010


Nunca el nombre de un facha fue más apropiado: César. César, un nombre que causaba espanto, la bestia negra de los juveniles de la época, un líder de Fuerza Nueva, una mole. César y sus subordinados habían dado una gran paliza a mi hermano, el terribilitá, y le habían metido la cabeza en un váter de los aseos del instituto. Una humillación grande para el orgullo de un líder comunista de juveniles; para el joven que había estampado un pedrusco en un coche de la policía – lechera se decía entonces-, rompiendo el parabrisas de los monos en mil pedazos; para el aguerrido combatiente al que visitaron incluso sus profesores cuando se reponía en casa de la brecha en la cabeza que le causó una bomba de humo que, por supuesto, devolvió a los grises. Toda una reputación. Ah, el madriles… joven, airado y mirando hacia adelante. Ahora, que estamos adelante, es medio xenófobo y tiene una gran barriga, pero sigue siendo irascible, y sigue siendo mi hermano.
Pero volvamos atrás… Un día iba yo caminando de regreso a casa, cuando un tipo altísimo, fornido, con cara de buena persona me salió al paso, me saludó como si me conociese y entabló conmigo una conversación colocándose a mi vera muy amable y sonriente. La conversación consistió en responder a las preguntas que me hacía, supongo que para llenar huecos porque parecía conocer muchas cosa de mi familia. Yo, que era bastante ingenuo, no le di importancia. Alguien debió vernos porque al día siguiente mi hermano me sometió a otro interrogatorio y me dijo que cuidadito, que ese amable desconocido era el César. Más adelante nos cruzamos en varias ocasiones y nos saludábamos como lo que ya éramos: conocidos.
Debo mucho a mi hermano, me enseñó, cuando era un alevín, a localizar las salidas en las manifestaciones, a no perder de vista a la policía y a correr únicamente cuando era preciso. Como en los encierros de toros, a los que también íbamos.
Me cago en César.

3 comentarios:

  1. Me ha venido a huevo el tema porque hace poco tuve una reflexión en la fábrica:
    En algunas ocasiones –pocas- he discutido con compañeros de trabajo que añoran la vida antigua, aquello de “con Franco vivíamos mejor”.
    Pero no son megaviejos ni mucho menos, no, qué va, son tíos de 55.
    Y lo cierto es que tienen su razón. Me di cuenta tras una bulla que tuve con uno de ellos, más cazurro que una mula.
    Ser persona de, digamos, “espíritu artístico” “alma humanista” o “pensamiento audaz” no es en absoluto indispensable para ir existiendo. Alguien que nunca va a leer un libro, no echa de menos la publicación de obra alguna ni la prohibición de tal o cual texto. Alguien que no alberga inquietudes filosóficas, no siente tampoco la necesidad de manifestar nada. Alguien que se divierte suficientemente con una de Marisol, no precisa del acceso a Passolini. Alguien que disfruta en una revista de variedades, no echa de menos a Bertolt Brecht. Alguien que se conmueve con cuplés, no sangra porque censuren a Frank Zappa. Y alguien que tiene cubierta su vida yendo del trabajo al bar, del bar a casa y de casa nuevamente al trabajo, sólo sufriría si prohibiesen jugar a las cartas, ir al fútbol, o beber vino.
    No quiero que mis palabras suenen a desprecio, ya que los entiendo perfectamente. Lo que pasa es que no me gusta, claro. Y no me gusta porque inconscientemente contribuyen en buena medida a que estemos inmersos en este puto esperpento de democracia que al final está sembrando de dudas todas las mentes.

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  2. ...esa tipología de hombres y mujeres no es más que la evolución adaptativa natural de los tiempos que corren. Pasé yo ayer una tarde noche de "donde muerde el can de Sebastián". Ojalá lo hubiera podido arreglar con una de Marisol y un carajillo...envidia¡¡¡, es lo que me dan.
    Saludos a tutti le mundi

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  3. Si estas personas fueran Andorra, cabrían, como cabe Andorra, en el mundo. Pero el resto del mundo, y de personas del mundo, no cabría, ni cabe, en Andorra. Así que los exilios interiores, del tipo “Con franco vivíamos mejor”, los tolero bien mientras no intenten meter a los que no son de Andorra en Andorra. Siempre hay puntos de encuentro entre las personas; y de ahí a los puentes -aunque sean mordaces- de entendimiento, hay un paso. Dicho esto, subscribo su conclusión, señor Blas.

    Yo creo, señora Diakonova, que esta tipología de personas existe desde siempre. Y en todo el planeta.
    Para arreglos puntuales, bienvenidas sean las marisoles y los carajillos, y bienvenido el entusiasmo proceda de donde proceda. Y bienvenida usted, que esto es lo contrario de un gineceo y ya ni en los cuarteles se lleva.

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