sábado, 10 de abril de 2010

Los prejuicios son el escabel para auparse sobre los demás. Los niños que apuntan canas alcanzan a coger trofeos, venerables cabezas del XIX, les da superioridad. Abajo, la insignificancia, la merienda de retrasados; arriba, la composición estética, largos cabellos, barba y carnosidad: la gran cabeza, una personalidad.
Siempre he creído en el poder transformador del arte sobre las personas y sus taburetes; soy un retrasado, obviamente.

Mi cuadro preferido de Munch.
Autorretrato entre la cama y el reloj. (Naturaleza muerta, le llamo yo)




3 comentarios:

  1. A mí me hacían bullying de ese, pero lo que me preocupa no es eso, si no que no sé exactamente cuándo dejaron de hacerlo.

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  2. El clasismo social, cultural, etc., participa de una triste alegría -como esos animales en cautividad que muerden los barrotes de las jaulas que los apresan para que sobrevenga, tras el dolor, la endorfina placentera-.
    La reafirmación de la dómina, la restitución del orden patricio de las cosas requiere huevos plebeyos, espartacos humillados, empeines grupales donde reconocerse, lubricados de prejuicios antiguos, heredados. Ya no les consuela el gatopardismo a las dóminas. Superaron con el látex la imprenta y recurren ahora al cuero en verde, la propia piel, que es de zapa… Ay, maldito Internet, triste alegría, fin de época.

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  3. Yo también llegué a pensar que el arte era capaz de influir en las personas. Pero sólo lo hace en individuos, no en la gente.
    Para validar esta opinión suelo poner el siguiente ejemplo: ¿A cuántas personas conoce uno que han estado en el Louvre, en la National Gallery, en El Prado, en la Sixtina, en el Tal Mahal, en la Sagrada Familia y en el Recopón Bendito de la Santa Hostia.... y son igual de imbéciles que antes de haber ido?


    (A mí el arte en general me gusta munch)

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