viernes, 19 de marzo de 2010

En la adolescencia, libros y películas (creía yo) me enseñaban a leer en las personas. Había tras de mí poca vida y apenas se detenía el significado. Son ahora las personas, ahora que libros y películas son esporádicos, las que, generosas, retornan y vivifican el escaso conocimiento acumulado. Sólo reconozco como tutores la carne, el celuloide y el árbol encuadernado: mi vida escolar fue un fracaso y tan solo fui quince días a una facultad, creo recordar que se llamaba de Historia, y eso porque aprobé las pruebas de acceso para mayores de veinticinco años.

Cuánta belleza. Quisiera como antes intentarlo, estar preparado.

Dos de las películas que vi con quince o dieciséis años:







3 comentarios:

  1. La jerarquía de conocimiento de las universidades es militar. La titulitis es un cáncer de la sed de conocimiento, aún más bastardo que el afán económico. Pero bueno, aún así tienen cosas buenas, pues muy pocos tienen las cualidades para ser autodidactas puros.

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  2. Dicho sea de paso, la mayoría de personas son instancias de lo mismo, profundamente aburridas. Salvo la certeza estadística, no sé qué conocimiento puede sacar usted de ella. Y no es que yo sea la leche, pero al menos trazo mi propia ruta.

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  3. En aquel entonces, asistido por miradas viejas, miraba a las personas con ojos nuevos. No advertí, al ir cumpliendo penumbra y años, que se estaban quedando ciegos. Sin luz, se fueron las miradas viejas, primero; luego, me fui yo, y mi lugar lo ocupó un ciego. Está en la estadística.

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