viernes, 26 de marzo de 2010

Cuando hacía la mili -me destinaron en Madrid- pasé por el colegio de curas en el que estuve interno durante gran parte de mi infancia. Un padre de vez en cuando, una madre desaparecida- muerta, decíamos por los curas - y las tías para pasar los veranos.

Las rejas de hierro forjado de las ventanas que daban al patio seguían siendo las mismas. Miré a un lado y a otro y, siguiendo un impulso, coloqué mi cabeza entre los barrotes para que tomase medidas del tiempo transcurrido. Cuánta cabeza sobraba…

Y apareció el niño.

Se coló como solía, sin temor al castigo, porque como todos los niños sabía que si cabía la cabeza el cuerpo también cabría. Sigiloso, por si se topaba con los cuervos negros, recorrió corredores y pasillos y llegó a la puerta convenida; la abrió, entraron sus secuaces, algo mayores que él, más cabezones, que esperaban en el patio. Recibió sobre la marcha palmadas, felicitaciones, abrazos y… ¡al saqueo! -divididos en comandos, por si los cuervos-, que esperaba el botín en el comedor y en la cocina: botes de colacao, pastillas de redoxón, todo lo que podía ser volcado en una boca abierta, enorme, todo para adentro. Qué importaban las hostias y los correazos si éramos descubiertos.

Me dijo adiós el niño. Miré a un lado y a otro, no quería que me viesen, tenía lágrimas en los ojos.

Época feliz.

4 comentarios:

  1. De 13 de abril de 1981 al nosecuántos de junio del 82, mi persona física estuvo en la capital del reino sirviendo a la patria. Así que es probable que coincidiéramos.
    Disculpe pues si alguna vez nos cruzamos en el metro, en la casa de campo o en alguna tasca y no le saludé, pero es que pasé la mili técnicamente borracho. El sanfermín más largo de mi vida.

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  2. La patria me agarró por los huevos también a mí, pero fue en el 83. Me matriculé, para eludirla, en cosas baratas que sólo conocí sobre el papel; pensé hacerme el loco, en ser prófugo… etc.… pero finalmente desistí. Renuncié a la última prorroga y me fui a enfrentarme por las bravas con lo más rancio de lo militar.
    Por cierto, durante el permiso de vacaciones visité Pamplona y corrí los toros en plan experiencia vital, acostándome temprano en los jardincillos de la ciudad para estar en forma, lingotazo de anís seco en ayunas por la mañana, que estaba, oiga, en viaje espiritual.

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  3. A mí la mili me habría gustado si fuese con sargentas de coleta prieta, pero la versión todo-nabos me resulta deprimente de imaginar.

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  4. Lo que le viene a uno a la cabeza cuando dice: “¿Da usted su permiso mi sargenta?”

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